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Para empezar un gracias y un bienvenidos a todos, en nombre de la Acción Católica Italiana, que ha acogido esta representación de la Acción Católica mundial a través de su Consejo Nacional y los presidentes diocesanos que se reunieron ayer y esta mañana. La Acción Católica agradece el honor de acoger hoy a los representantes de la Acción Católica que viven en todo el mundo. Escuchando primero nuestra oración - tan única y tan plural - hemos tenido un sentimiento profundo de agradecimiento por cada uno. Agradecimiento por el milagro de la fe que nos une y nos permite vivir nuestra diversidad como una riqueza. Agradecimiento por la Acción Católica que nos hace familia y que da a la experiencia asociativa de cada uno los confines del mundo. Creo que tenemos muchas razones para estar contentos esta tarde al empezar nuestro encuentro, que tiene como fondo el Congreso Mundial de los Laicos y que ha terminado en esta misma sala hace solamente dos días, y que es una cita sobre la que querría compartir con vosotros algunas reflexiones, porque creo que ha sido un encuentro destinado a dejar huella en la vida de la Iglesia y sobre todo en nuestra vida de laicos. Entre las reflexiones que nos han acompañado en este Congreso, están las del mensaje del Papa, en particular la mención que ha hecho del Concilio como horizonte irrenunciable para la vida de la Iglesia de hoy y de mañana; de la vida de nuestras asociaciones, de la vida de nuestra Acción Católica. Me parece que el Papa nos ha invitado a asumir la fuerza de renovación que hay en este acontecimiento y en su magisterio, casi encomendando a nosotros los laicos un deber particular en orden a la actuación de las indicaciones conciliares. Creo que junto al Concilio, el Papa nos ha entregado la voluntad de renovación de la Iglesia; una renovación en la acogida al mundo de hoy, de la demanda del Evangelio, a menudo implícita que hay en el mundo de hoy. Al frente de esta demanda del Evangelio, nosotros, los laicos sentimos con nueva urgencia el deber de la misión, el deber de un testimonio más valiente, más legible en la orientación de la vida en que nos inspiramos. Después de este Congreso, los laicos estamos invitados a vivir con nueva conciencia y nueva decisión la misión de la Iglesia. Estamos convencidos que sin nuestra presencia en los lugares de la vida, será imposible para la Iglesia hoy conseguir la existencia y el reconocimiento de las personas; sin nuestro testimonio y nuestro buen hacer, será imposible el encuentro del Evangelio con las culturas de hoy. Diría que si un mensaje ha aparecido de modo particularmente fuerte en este Congreso, es el que ha subrayado la necesidad del testimonio de los laicos y de su misión. Y con esto se ha conseguido ir más allá de las demandas sobre la identidad de la vida y de la vocación laical, invitándonos a reconocer en la misión, en nuestra misión en el mundo, el modo de ejercer nuestra vocación. Ha habido un tiempo, después del Concilio, en que, creo que nos ha sorprendido sobre todo la posibilidad que se nos había reconocido y dado a vivir con responsabilidad en la Iglesia; un tiempo en que hemos gozado, casi con sorpresa, por la dignidad que se nos había reconocido. Hoy hemos pasado este momento; hoy creo que estamos en el tiempo en que se necesita vivir plenamente la responsabilidad que la Iglesia nos reconoce. Y nos la reconoce con una particular urgencia, porque el mundo necesita nuestro testimonio, necesita el Evangelio, necesita encontrarse con testigos vivos de la Palabra que salva. El Congreso de los laicos también ha ofrecido un panorama eclesial muy rico y articulado, con la presencia de muchas organizaciones eclesiales. Del contraste con estas realidades - viejas y nuevas - también la Acción Católica está invitada a retomar la provocación, a releer su propio don y a encontrar una nueva fidelidad. Estamos aquí para reavivar la conciencia del don de ser Acción Católica, para hallar en este momento de pausa el ideal, para hallar el don en que radica nuestro compromiso concreto. También estamos aquí para interrogarnos sobre el modo concreto con que vivimos este don: para reconocer nues-tra fidelidad y para reconocer donde están las exigencias de cambio, donde la necesidad de renovación, de practicar nuevos caminos para ser fieles al don de siempre. Estas reflexiones acompañarán el trabajo de estos días; creo que con el contraste y la profundización de estas cuestiones, conseguiremos una unidad apasionada en algunos momentos, más tranquila en otros. Pero estamos aquí para que la Acción Católica pueda vivir en plenitud este don, este deber; en este caso, teniendo al mundo como horizonte de nuestro compromiso. Deseamos que esta Asamblea, que este intercambio sea para todos nosotros un hermoso momento de hermandad; un momento en el que encontremos la frescura del ideal que inspira nuestras opciones y nuestra vida, y encontrar las ideas para concretar los signos históricos de la belleza de nues-tra vocación.
III ASAMBLEA ORDINARIA - Roma, 2-6 de diciembre de 2000 Acción Católica: fieles laicos que viven la novedad del Evangelio y son signo de comunión LA PERMANENTE ACTUALIDAD DE UN DON DEL ESPÍRITU
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