|
Introducción El Concilio Vaticano II ha significado un cambio epocal en las relaciones entre la Iglesia y el mundo debido a la nueva impostación de sus relaciones recíprocas, las que desde siempre han sido complicadas y delicadas. Por lo tanto ante la Iglesia se han abierto nuevos horizontes y nuevas vías de evangelización y de diálogo con las realidades temporales. Son ya más de 30 años los que nos separan de la conclusión del Concilio Vaticano II. Tantas cosas han cambiado en el mundo y en la Iglesia, pero la enseñanza conciliar continœa siendo una tarea con la cual cada cristiano se debe confrontar. Cada generación debe "aprehender" el Concilio, debe saber comprender su espíritu, debe empeñarse en concretar su doctrina. Al final del Concilio Vaticano II, el Card. Karol Wojtyla escribía: "A través de la complicada experiencia del Concilio hemos contraído una deuda con el Espíritu Santo" (Alle fonti del rinnovamento, pp. 11-12). Todos somos deudores del Concilio Vaticano II y el œnico modo de pagar esta deuda es poner sus enseñanzas en pràctica con nuestra vida personal y con aquella de nuestras comunidades eclesiales. El Papa en el camino de preparación al Gran Jubileo invita a un serio examen de conciencia, que debe referirse en particular a la recepción de la doctrina del Concilio, este "gran don del Espíritu a la Iglesia hacia el final del segundo milenio" (Tertio millennio adveniente, n. 36) e inmediatamente después agrega: "Una pregunta vital debe plantearse con referencia al estilo de las relaciones entre Iglesia y mundo. Las directivas conciliares - ofrecidas en la Gaudium et spes y en otros documentos - de un diálogo abierto, respetuoso y cordial, acompañado por un discernimiento atento y por un valiente testimonio de la verdad, siguen siendo válidas y nos llaman a un ulterior compromiso" (ibid.). En mi relación presentaré por lo tanto un cuadro general de la problematica del diálogo entre la Iglesia y el mundo, así como es expuesto por el Concilio Vaticano II y por el magisterio pontificio postconciliar. En efecto, la fuente viva del magisterio eclesial debería ser siempre para todos los cristianos un punto de referencia seguro, un incentivo continuo que lleve a un compromiso más fuerte y un fundamental criterio de verificación para el "estilo" de las relaciones con el mundo contemporáneo.
Vivir el misterio de la Iglesia En el diálogo con el mundo, la autoconciencia eclesial de los cristianos es de crucial importancia. Ecclesia, quid dicis de te ipsa? A esta pregunta - guía del Concilio Vaticano II, se ha respondido con una fórmula tan sintética como cargada de significado: La Iglesia es un misterio de comunión misionera. La Iglesia es además "misterio", es decir una realidad que no nace ni de nuestra imaginación ni de nuestras fuerzas, pero que también podemos encontrar y vivir. Es un don que supera nuestras capacidades de comprensión, pero que también nos fascina. La Iglesia es también "misterio de comunión" profundamente radicada en la vida trinitaria de Dios mismo. En la Christifideles laici n.18, el Papa explica: " Esta comunión es un don gratuito de la gracia, pero también es una tarea, un compromiso." Cada uno debe sentir que está llamado a construirla según su vocación específica. La Iglesia es además "comunión orgánica" en la cual existen diversidad y complementariedad de vocaciones, ministerios, servicios, carismas y responsabilidades: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles laicos. Todos realizan la misma misión confiada por Cristo a la Iglesia. No existe oposición ni división sino reciprocidad y coordinación. ÁEs muy importante recordar estos principios en la pràctica de la vida de nuestras comunidades parroquiales y diocesanas! La Iglesia, en fin, es misterio de "comunión misionera". No está por lo tanto replegada sobre sí misma, sino que está orientada hacia la misión, hacia el mundo. La dimensión misionera del misterio de la Iglesia tiene profundas consecuencias en la vida de los fieles laicos y de las comunidades eclesiales. Requiere ante todo una renovada conciencia de la propia identidad cristiana fundada sobre el Bautismo: incorporados en Cristo, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia, criaturas nuevas. He aquí el gran misterio de la vocación cristiana. Gracias al Bautismo los cristianos participan en el triple oficio de Cristo: sacerdotal, profético y real. Participantes en el oficio sacerdotal de Cristo, los fieles laicos son llamados a ofrecer a Dios el culto espiritual y los frutos de una auténtica santidad (cfr. Lumen gentium, 34). Partícipes del oficio profético, son llamados a anunciar el Evangelio mediante la palabra y el testimonio de vida. Este anuncio se hace particularmente eficaz por el hecho que se realiza "en las comunes condiciones del siglo" (ibid., 35). En fin, partícipes del oficio real de Cristo, son llamados a construir el Reino de Dios en el mundo" (ibid. 36). Cada fiel laico, gracias al Bautismo, se transforma por lo tanto en sujeto activo y responsable de la misión de la Iglesia. Y este hecho debe reflejarse en una relación personal con la Iglesia, caracterizada por actitudes y gestos de amor, confianza y compromiso. En la vocación de los fieles laicos se realiza una profunda compenetración entre la Iglesia y el mundo: llevar la Iglesia al corazón del mundo y el mundo al corazón de la Iglesia, lo afirma la Lumen gentium n. 31. En estas palabras del Concilio se advierte un eco de la antigua Carta a Diogneto, de la cual vale la pena recordar un fragmento que expresa felizmente la aparente paradoja de la existencia cristiana en el mundo: "(Los cristianos) viven en la carne, pero no segœn la carne. Transcurren sus vidas en la tierra, pero su ciudadanía es aquella del cielo. Obedecen las leyes estables, pero con su modo de vivir, son superiores a las leyes (...). En una palabra, los cristianos son en el mundo aquello que el alma es en el cuerpo. La alma se encuentra en todos los miembros del cuerpo y también los cristianos están esparcidos en las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no proviene del cuerpo. También los cristianos habitan en este mundo, pero no son del mundo". Y el autor agrega: "Dios los ha puesto en un puesto tan noble que no es lícito abandonarlo" (Cap. 5-6; Funk, pp. 397-401).
Comprender la realidad del mundo El cristiano, si bien no es del mundo, vive en el mundo. Para realizar su vocación debe por lo tanto comprender la realidad del mundo y su significado. Debe ser "ciudadano del mundo" a pleno título. El mundo en el cual vivimos es un mundo de grandes y profundos cambios a nivel global (la globalización), que se realiza con una rapidez hasta ahora desconocida. Es un mundo de grandes conquistas científicas, técnicas y sociales que despiertan tantas esperanzas, pero al mismo tiempo un mundo que vive dramas profundos y mira al futuro con angustia. Análisis detallados de las situaciones del mundo contemporáneo son propiciadas abundantemente. Pero la cantidad de información, muchas veces contradictoria, con las cuales somos bombardeados, lejos de mejorar la comprensión de lo que sucede, aumenta el estado de confusión de muchos. El cristiano vive en el mundo, debe tratar de comprender los procesos en curso - sean éstos sociales, culturales, económicos, políticos - y sus causas, pero no debe detenerse aquí. Leemos en la Gaudium et spes:: "Tiene, pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación" (n. 2). Es una visión dinámica del mundo, que tiene dos coordinadas esenciales: el misterio de la creación y aquel de la redención. Como obra de Dios creador, el mundo tiene su valor y su bondad intrínseca, confirmada por las palabras de la Génesis: "Y Dios vio que era cosa buena" (1,10). Al mismo tiempo, en cuanto criatura, no es un absoluto porque no encuentra en sí misma la razón última de su existencia, sino que hace referencia a Aquel que la ha creado, es decir a Dios. Y además un mundo herido por el pecado, también a nivel de las estructuras sociales (el "pecado estructural" del cual habla Reconciliatio et paenitentia,16), es decir un mundo que tiene necesidad de ser redimido. Màs bien es ya redimido. "Dios, en efecto, ha amado tanto el mundo de dar su Hijo unigénito, para que quien crea en él no muera, sino que tenga la vida eterna" (Jn. 3,16). La redención cumplida mediante la cruz y la resurrección de Cristo da el sentido último a todo lo creado y a la existencia de cada hombre en el mundo: "Con su resurrección constituido Señor, El, el Cristo al cual ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, obra ahora en el corazón de los hombres con la virtud de su Espíritu; no sólo suscita el deseo del mundo futuro, sino que con esto mismo inspira también, purifica y fortifica aquellos generosos propósitos con los cuales la familia de los hombre trata de hacer más humana la vida y de someter a este fin toda la tierra" (Gaudium et spes, 28). De estas bases teólogicas surge la actitud positiva del Concilio en relación con el mundo: una actitud que no se basa en un optimismo superficial, sino en un realismo de la fe. En la definición de la relación entre la Iglesia y el mundo, el Concilio ha remarcado tres principios esenciales, que es necesario tener presente: * El primado de la persona humana. La visión conciliar del mundo es profundamente personalística. Es el hombre el perno y el criterio fundamental de un verdadero progreso social. "La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre (...) El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas sociales, vale màs que los progresos técnicos" (Gaudium et spes, n. 35). El Concilio mira el mundo a través del prisma de la persona humana, de su dignidad y de su "vocación integral". * La estrecha relación entre el mundo actual y "la tierra nueva y el cielo nuevo". Dice la Gaudium et spes: "Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios. Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo (...) volveremos a encontrarnos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados" (n. 39). En tal caso, para comprender profundamente el mundo presente es esencial la perspectiva escatológica. El mundo que pierde la perspectiva del más allá es un mundo sin esperanza, un mundo deshumanizado. Este principio se opone decididamente a todas las ideologías de autosalvación y de salvación "intra-terrena". Ademàs, remarca que el cristianismo que habla de la dimensión escatológica del mundo no es "opio del pueblo", no es fuga del mundo, sino llamada a un compromiso en la construcción de una "nueva humanidad". Las realidades terrenas, es decir la ciencia, la cultura, la economía y la misma sociedad gozan de una "legítima autonomía". Estas tienen sus leyes y sus valores y es tarea del hombre descubrirlos, usarlos y ordenarlos (cfr. Gaudium et spes, 36). La Iglesia, la cual ha sido vista por mucho tiempo como un obstáculo al progreso científico y social, se presenta ahora como aliada del hombre moderno. Todavía, esta autonomía no quiere decir total separación del mundo del Creador. Aquí surge, por ejemplo, la vasta problemática de las relaciones entre vida socio-política y ética, entre ciencia/técnica y ética (los recientes desarrollos de la ingeniería genética han ya demostrado como puede transformarse en peligrosa para la humanidad una ciencia que no tiene la guía de claras normas éticas). Estos son los elementos esenciales de la visión conciliar del mundo. Recordarlos desde el inicio, me parece importante. Ya que para impostar bien el diálogo de salvación con el mundo, es necesario sobre todo entender qué cosa es el mundo y cuál es su destino.
Una Iglesia solidaria con el mundo Nuestro tiempo está caracterizado por un creciente divergencia entre la Iglesia y el mundo. Y este fenómeno es una de las expresiones de un proceso que echa sus raíces ya en el período del Iluminismo. Fue entonces cuando nació aquella corriente de pensamiento que, fomentando la emancipación/liberación del mundo del influjo de la Iglesia en particular y de la religión en general, ha hecho extraordinariamente difícil el diálogo Iglesia - mundo. El Vaticano II ha sido la respuesta del Espíritu Santo a este gran desafío de la edad moderna. Y el valiente programa del Concilio de proponer nuevamente el diálogo con el mundo está plenamente ilustrado en la expresión: la Iglesia en el mundo. Aquél "en eló ha cambiado muchas cosas en una relación siempre delicada, compleja y difícil. La Iglesia no es por lo tanto "contra" el mundo, no es hostil en su relación con él; no está "sobre" el mundo, no asume una posición de dominio, sino que está "en el" mundo, se pone en una actitud de solidaridad y de servicio. La Iglesia del Concilio Vaticano II es una Iglesia solidaria con el mundo, la Iglesia de la opción preferencial por los pobres y de los "heridos por la vida". Lo dicen ya las primeras palabras de la constitución Gaudium et spes: "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón" (n. 1). Esta Iglesia escucha atentamente el mundo porque sabe que Dios habla también a través de los hechos y de los eventos temporales. Por esto ella escruta constantemente los "signos de los tiempos". Se va haciendo evidente que ésta es una categoría teológica y no meramente sociológica, porque es parte de la teología de la historia. Al respecto dice el Concilio: "Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada" (ibid., 44). La solidaridad de la Iglesia con el mundo y con el hombre tiene motivos profundos: Juan Pablo II escribe en la Redemptor hominis: "El hombre, en plena verdad de su existencia, de su ser personal y junto con su ser comunitario y social (...) es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión: esta es la primera y fundamental vía de la Iglesia, tal, que fue trazada por Cristo mismo, una vía que inmutablemente pasa a través del misterio de la encarnación y la redención" (n.14). Es necesario subrayar con fuerza que no se trata de "antropocentrismo", sino màs bien de "humanismo cristocéntrico". La Iglesia, cumpliendo su misión de salvación, "sana" el mundo, lo hace más humano. El Concilio explica: "Al buscar su propio fin de salvación, la Iglesia no sólo comunica la vida divina al hombre, sino que además difunde sobre el universo mundo, en cierto modo, el reflejo de su luz, sobre todo curando y elevando la dignidad de persona, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad diaria de la humanidad de un sentido y de una significación mucho màs profundos". (Gaudium et spes, 40). Por tanto, la Iglesia se presenta al mundo no sólo como "experta en humanidadó (Pablo VI), sino también como "buena samaritana" (Juan Pablo II). Pero la actitud de solidaridad y de apertura en relación con el mundo no basta para eliminar todas las tensiones y todos los focos de eventuales conflictos. El mundo en el cual vivimos es un mundo herido por el pecado. Un mundo en el cual la Iglesia muchas veces no puede presentarse sino como "signo de contradicción", generando oposición y hasta hostilidad. La admonición de San Pablo: "No tomen como modelo a este mundo" (Rm. 12, 2) vale también hoy. Más bien, hoy más que nunca, dado que en nuestro tiempo son muchos los cristianos a los cuales falta el coraje para oponerse a las presiones de la moda, para resistir al encanto de la modernidad. Escribe el Card. Joseph Ratzinger: "Sostengo, en verdad, que no tenemos necesidad de una suerte de revolución de la fe en un sentido múltiple. Sobre todo tenemos necesidad de volver a encontrar el coraje para andar contra la opinión común (...). Deberíamos tener el coraje de ponernos en camino, también contra aquello que es visto como la "normalidad" para el hombre de fines del siglo XX, y de volver a descubrir la fe en su simplicidad" (Il sale della terra, pp. 40-41). Parece que hoy la suerte de la acción evangelizadora de la Iglesia depende en gran parte de la capacidad de los cristianos de caminar contra la corriente.
El diálogo de la salvación El servicio más grande que la Iglesia hace al mundo en cualquier época es la evangelización, es decir el anuncio de Jesucristo único Redentor del hombre "ayer, hoy y siempre" (Hb. 13,8). En esto consiste su misión de "sacramento universal de salvación" (cf. Lumen gentium,1) que es insustituible. Pero en este final de milenio, en la obra de la evangelización, la Iglesia se debe enfrentar con desafíos enormes: la propagada secularización lleva a países de antigua tradición cristiana a transformarse en verdaderas tierras de misión; crece aquella diferencia entre Evangelio y cultura, que Pablo VI ha definido como uno de los dramas de nuestra época (cf. Evangelii nuntiandi, 20), aumenta el divorcio entre la fe y la vida de tantos fieles (cf. Gaudium et spes, 43). Ante un similar escenario, todos los cristianos deben sentirse interpelados por las palabras de San Pablo: "¡Pobre de mí sino predicara el Evangelio! (1 Cor. 9,16). La Iglesia del presente es por lo tanto una Iglesia llamada a un gran esfuerzo misionero y Juan Pablo II no se cansa de alentarla en el compromiso por la "nueva evangelización", estimulando todos sus miembros a buscar los métodos más aptos para llevar el Evangelio de Jesucristo a todos los hombres de nuestros tiempos. En este contexto, el problema crucial que se presenta a la Iglesia es aquel de la evangelización de la cultura. En todas partes se advierte hoy - y con urgencia - la necesidad de restablecer el diálogo con la cultura moderna. Escribía Pablo VI: "Es necesario evangelizar - no en manera decorativa, a semejanza de un barniz superficial, sino de modo vital, en profundidad y hasta las raíces - la cultura y las culturas del hombre (...) partiendo siempre de la persona y volviendo siempre a las relaciones de las personas entre ellas y con Dios" (Evangelii nuntiandi, 20). El diálogo de la Iglesia con la cultura de nuestro tiempo es de una importancia vital no sólo para la Iglesia, sino también y sobre todo para la misma humanidad, ante una dramática alternativa: con el tercer milenio a las puertas o la cultura ayudará al hombre a ser más humano o, vacía de valores verdaderos, lo destruirá. ¿Cómo se evangeliza la cultura? Es un proceso muy fatigoso que requiere una acción capilar y proyectos valientes. Un importante punto de partida para evangelizar la cultura en los países de amplia tradición cristiana, consiste por ejemplo en el despertarles la memoria histórica, en el reanimarles las propias raíces cristianas de la conciencia. Juan Pablo II, durante sus viajes apostólicos, lo recuerda muy seguido a cada país y a cada continente: "Europa, sé tu misma ...", "América latina, sé tu misma ...". Sé tú misma, es decir fiel a tus raíces cristianas. El evangelio, no identificándose con ninguna cultura, la impregna de valores verdaderos, la eleva, la inspira y la abre a la trascendencia. Juan Pablo II, que tiene un gran interés por el problema de la cultura, hace al respecto una observación de relieve: "La síntesis entre la cultura y la fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe (...). Una fe que no se transforma en cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida" (L'Osservatore Romano, 21-22.V.1982). ¿Cómo sucede esto? Se trata de un proceso en el cual la fe en cuanto opción personal de Cristo como Señor y Maestro, no es vivida en modo individualista, sino que crea una profunda comunión espiritual entre las personas y un estilo de vida impregnado de valores evangélicos, que se transforma en parte integrante de la cultura de una sociedad o de un pueblo. Paradigma del diálogo de la Iglesia con la cultura es siempre el discurso de San Pablo en el areópago de Atenas, centro, de la cultura del pueblo ateniense (cf. He. 17, 22-31): Pablo no espera, sino que va él mismo con coraje al encuentro del mundo de la cultura de entonces; inicia un diálogo que puede ser considerado el primer ejemplo de "inculturación" del mensaje evangélico en el contexto de la cultura griega. También este suceso momentáneo contiene una enseñanza: en el difícil diálogo con las culturas, la Iglesia jamás se debe rendir ni desalentarse. Juan Pablo II, refiriéndose a aquel episodio de los Hechos de los Apóstoles, habla de los areópagos de los tiempos modernos que la Iglesia debe evangelizar (cf. Redemptoris missio, 37) y entre éstos indica sobre todo el mundo de las comunicaciones sociales, la cultura en general, el mundo de las ciencias, de la política y de la economía. La Iglesia no puede ignorar el desafío del mundo contemporáneo. Hoy se necesitan proyectos y programas exactos y concretos. Un gran campo se abre al apostolado de los laicos. Y es necesario decir que los miembros de la Acción Católica han sido siempre muy atentos a la presencia de la Iglesia en el mundo de la cultura. Tenéis experiencias muy válidas en varios países. Sería muy œtil un intercambio màs amplio de información y de ideas. La tarea que nos espera tiene carácter de urgencia, y esto es así a causa de las grandes estrategias mundiales en acto, que se oponen al Evangelio. La Iglesia no vive fuera del mundo. El "nuevo orden mundial", el "nuevo consenso mundial" - del cual se habla - en los últimos años ha encontrado expresión en las conferencias mundiales promovidas por las Naciones Unidas. Ahora, la antropología que está a la base de estos programas (los cuales después son impuestos por los gobiernos a escala mundial), es una antropología no-cristiana y se podría decir sin más anti-cristiana. Para camuflar los verdaderos intentos se adoptan neologismos con tèrminos como "gender", "salud reproductiva", etc. mirando sólo y siempre al mismo objetivo: una política contraria a la familia y contraria a la vida. La Iglesia, es consciente de la importancia de este desafío, no puede desertar del campo de la cultura porque la apuesta es el futuro de la humanidad. A la civilización del odio se debe contraponer la civilización del amor; a la civilización de la muerte, una civilización de la vida. El principal método de evangelización de la Iglesia del Concilio Vaticano II es el diálogo, como lo ha definido Pablo VI en su primera encíclica la Ecclesiam suam (1964). El diálogo al cual se refiere es el diálogo no como un simple medio de comunicación, sino más bien diálogo de salvación que tiene como modelo el diálogo entre Dios y el hombre a lo largo de la historia de la salvación y en esto reconoce su origen. Es un diálogo que parte de la libre iniciativa de Dios y de su amor infinito; un diàlogo que no se mide segœn los méritos de aquellos a los cuales se dirige; que respeta siempre la libertad de cada persona; que abraza todos sin discriminación. Diálogo que exige a quien lo practica una actitud de estima, de respeto, de amor y de confianza, de prudencia evangélica, y también de coraje para poder incitar el propio razonamiento "fuera de los lugares comunes". El Papa Pablo VI concluye: "Es necesario hacerse hermanos de los hombres en el acto mismo en el cual queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más bien, el servicio" (Ecclesiam suam). Pablo VI, al trazar este cuadro fascinante del diálogo con el mundo, no ignora los riesgos que se corren. El período postconciliar ha demostrado cuán justificadas eran sus preocupaciones. En la Ecclesiam suam, él escribia: "El arte del apostolado es arriesgado. La solicitud para acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad respecto al compromiso con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que deben definir nuestra profesión cristiana". Estas palabras no han perdido nada de su actualidad. En efecto, hoy uno de los mayores peligros, en el diálogo con el mundo, es el relativismo desbordante. A propósito el Card. Ratzinger escribe: "También el concepto de diálogo, que en la tradición platónica y cristiana había adquirido una función significativa, ahora asume un sentido distinto. Se transforma sin más, en la esencia del credo relativista y lo opuesto a "conversión" y misión. En una concepción relativista del diálogo significa poner sobre un mismo plano la propia posición o la propia fe y las convicciones de los otros, y en línea de principio considerarlas más verdaderas las posiciones de los otros". (La fede e la teologia ai nostri giorni, en elLíOsservatore Romano, 27.X.1996). Es claro para todos cuán destructivo puede ser para la fe un diàlogo así concebido. En el momento presente es necesario remarcar con fuerza la ley fundamental del diálogo de salvación que es aquella de la fidelidad a Dios y, en consecuencia, de la fidelidad al hombre, estrechamente correlacionadas entre ellas, porque no se puede ser fiel al hombre sin ser fiel a Dios. La fidelidad a Dios exige de parte de quién anuncia el Evangelio algunos requisitos indispensables: * una auténtica santidad de vida y una profunda espiritualidad que se nutre de la oración, de los sacramentos y de la continua meditación de la palabra de Dios; * la profunda conciencia de ser siervos - no propietarios - de la palabra de Dios y de la Verdad; * el conocimiento de los contenidos de la fe. Nuestra fe es la fe de la Iglesia, no un hecho privado y autogestionado. El anuncio del Evangelio se produce sólo en la comunión de la Iglesia y bajo la guía del magisterio eclesial. Los laicos de la Acción Católica lo saben muy bien; * finalmente, se menciona también el criterio de la integridad. Somos llamados a anunciar toda la verdad del Evangelio. Es necesario tener el coraje de proponer a los hombres la verdad difícil y las exigencias radicales de Cristo. Si bien siempre en un clima de caridad. Un ejemplo significativo al respecto nos lo da Juan Pablo II en su diálogo con los jóvenes: "Soy amigos de los jóvenes pero un amigo exigente". El apóstol de Jesucristo debe osar exigir, si bien siempre con amor. De la fidelidad a Dios surge en modo natural la fidelidad al hombre, la sensibilidad a sus problemas. Es un criterio antropológico de evangelización. Existe un vínculo estrecho entre la evangelización y la "humanización", la promoción humana. El Evangelio no disminuye la persona humana, sino que ayuda su crecimiento hacia la plena madurez. La fidelidad del hombre implica todo el proceso de la "inculturación" del mensaje evangélico, una búsqueda continua de los modos de comunicación más aptos, en el pleno respeto de la integridad de la Verdad revelada. La Iglesia evangeliza "ad extra", es decir a aquéllos que a?n no conocen a Jesucristo (actualmente, cada vez con mayor frecuencia, ellos viven junto a nosotros en la sociedad secularizada) y evangeliza "ad intra", es decir a sus hijos que se han alejado de la vida de la fe, los tibios y los indiferentes. Todos tenemos necesidad de ser evangelizados, porque todos tenemos necesidad de conversión. En nuestra época, la caída de las ideologías ha revelado en nuestra sociedad un espantoso vacío de valores verdaderos, capaces de dar sentido a la existencia humana. Este vacío està acompañado por el despertar de la nostalgia de lo sagrado, advertida especialmente por las jóvenes generaciones. Un ejemplo es la Jornada Mundial de la Juventud, y especialmente la última, la de París, que ha visto la participación de más de un millón de jóvenes. ¡Es un "signo de los tiempos" para reflexionar! Es un mensaje claro que los jóvenes reunidos en torno al Sucesor de Pedro transmiten a todo el mundo y también a toda la Iglesia: he aquí: qué cosa buscamos, de qué cosa tenemos necesidad ... La mies evangélica es verdaderamente grande.
"Es la hora de la acción..." En el diálogo de la Iglesia con el mundo que se llama evangelización, el rol de protagonistas espera, obviamente, a los fieles laicos. Éstos, en virtud de la gracia del Bautismo, participan en manera activa y responsable en la misión de la Iglesia. Cristo los ha llamado a poner al servicio de la evangelización sus competencias específicas, sus talentos y sus carismas: en el àmbito de la familia, del trabajo, de la escuela, en el compromiso social y político. "Allí están llamados por Dios, para que (...) contribuyan la santificación del mundo como desde adentro, a modo de fermento" (Lumen Gentium, 31). Por lo tanto es urgente que los fieles laicos vuelvan a descubrir su identidad que radica en el Bautismo, es decir su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo. Volver a descubrir significa vivir con empeño y entusiasmo renovados. Dice el viejo proverbio escolástico: "Operari sequitur esse". El "operari", es decir el apostolado, debe surgir orgànicamente del nuestro "esse" (ser) cristiano. Debe crecer por lo tanto en los fieles laicos la conciencia de la dignidad, del valor, de la belleza de la vocación cristiana. Permanece siempre actual la exhortación de San León Magno: "Reconoce, cristiano, tu dignidad!" (Sermo, XXI, 3). Al centro de la vida de cada cristiano está siempre Cristo, Maestro y Señor. Del encuentro personal con El, surgen los auténticos testimonios de vida y de empuje misionero. Sólo así podemos ser en el mundo testimonios creíbles del Evangelio. ƒsta es la tarea que el Papa nos ha confiado para este año 1997, que en el cuadro de la preparación espiritual al Gran Jubileo, està dedicado a Jesucristo, œnico redentor del hombre "ayer, hoy y siempre" (Tertio millenio adveniente, 40). En nuestros tiempos, un rol especial lo ocupa el apostolado asociado, organizado. Especialmente en un sociedad secularizada como lo es la actual, para madurar en la fe se siente la necesidad de ambientes cristianos a los cuales referirse. Se advierte la necesidad de apoyo por parte de una comunidad de personas que compartan nuestros mismos ideales. De hecho, después del Concilio hemos asistido a un florecimiento significativo del asociacionismo católico, tal como lo leemos en la Christifideles laici: n. 29. Este fermento, generado por el Espíritu en la Iglesia, ha encontrado resonancia también en el seno de la Acción Católica, entre otras cosas con el nacimiento del Forum Internacional de Acción Católica, reconocido por el Pontificio Consejo para los Laicos con decreto del 29 de junio de 1995. En el contexto de las distintas agregaciones eclesiales, la Acción Católica ocupa un puesto particular. Es una asociación que tiene tantos méritos y una rica tradición espiritual. En el período preconciliar ha sido uno de los talleres en los cuales se maduraron no pocas promesas de la moderna teología del laicado. Y también hoy, ella representa un potencial espiritual del cual la Iglesia tiene una gran necesidad. Juan Pablo II, sin titubeos, dijo a los Obispos polacos en visita "ad limina": "Sin la Acción Católica la infraestructura del asociacionismo católico en Polonia estaría incompleta" (13.1.1993). El Santo Padre ha querido indicar de esta manera la necesidad de una "plantatio" de la Acción Católica en las Iglesias de Europa centro-oriental, donde después de tantos años de supresión de la libertad religiosa, se pueden ahora constituir libremente agregaciones eclesiales. Para el Forum Internacional se abre aquí un campo de acción muy importante. Lo que distingue la Acción Católica de las otras agregaciones eclesiales, lo que constituye la raíz de su identidad, es la colaboración de sus miembros en el apostolado jerárquico (cfr. Apostolicam actuositatem, 20). Pablo VI en uno de sus discursos ha dicho: "La Acción Católica está llamada a realizar una singular forma de ministerialidad laical, dirigida a la "plantatio Ecclesiae" y al desarrollo de la comunidad cristiana en estrecha unión con los ministros ordenados" (L'Osservatore Romano, 26.IV.1977). Esta peculiaridad tiene exigencias especiales. Todas las agregaciones están llamadas a una profunda inserción en la comunidad parroquial y diocesana, a una fidelidad incondicionada al magisterio eclesial, a un vivo "sensu Ecclesiae" en las actitudes y opciones, y a un espíritu de generosa colaboración con los Pastores, pero en la vida de los miembros de la Acción Católica todo esto se debe manifestar con una intensidad particular. Otra característica de la Acción Católica, que merece ser subrayada es la unidad "ad intra" que se construye en torno al Obispo o al Pàrroco. Una unidad que sabe respetar y valorizar la diversidad: por ejemplo, la diversidad de las tradiciones en las distintas Iglesias locales. Todo esto presupone un serio trabajo, orgánico y capilar, de formación de los miembros. Una formación que genera entusiasmo en la fe, amor por la Iglesia -en particular aquella diocesana y parroquial - y un fuerte impulso misionero. Una formación que forja personalidades cristianas coherentes y fuertes, testimonios creíbles de Cristo en el mundo. Y, de hecho, la Acción Católica ha sido en la historia y todavía lo es una importante escuela de formación del laicado en la Iglesia. Toda la Iglesia se está preparando a la celebración del Gran Jubileo del Año 2000. Los desafíos son grandes. La Acción Católica, bajo la guía de los Pastores de la Iglesia, desea recogerlos con generosidad y coherencia. No está fuera de lugar, por consiguiente, concluir esta relación con las mismas palabras que algunos años atrás Juan Pablo II dirigía a la Acción Católica Italiana. Son palabras que expresan el gran amor y la gran confianza del Santo Padre con respecto a esta agregación que tiene tantos méritos en la Iglesia. Decía el Papa: "¡es la hora de la acción! Incertidumbres, extravíos, titubeos, esperas pasivas no deben tornar nunca más. La vocación cristiana no admite pausas de sopor, ni tanto menos de sueño. En la viña del Señor es necesario trabajar con prontitud, celo y tenacidad" (13.1.1985). No podríamos encontrar mejores expresiones para incentivar a los christifideles laici, en particular aquellos de la Acción Católica, al umbral del tercer milenio.
II ASAMBLEA ORDINARIA - Buenos Aires, 11-14 settembre 1997 Cristo Salvador ayer, hoy y siempre EN DIALOGO CON DIOS, EN LA IGLESIA, CON EL MUNDO Y CON LAS CULTURAS
|