Homilia
Mons. Mario MAULION
Acción Católica Argentina

Luján, domingo 14 de septiembre de 1997

Celebramos la Exaltación de la Cruz.
La Cruz identifica a Cristo. Y también al cristiano. Cuando hacemos la señal de la Cruz queremos manifestar que esa es nuestra marca identificatoria. Contemplamos la Cruz para ver quién es Jesús y cómo es nuestra identidad personal de cristiano.
Es el documento de identidad de El y de cada uno de nosotros pues resume Su historia y la de cada cristiano. En El no fue simplemente lo que ocurrió al acabar su trayectoria humana, desconectada de lo anterior, sino dónde culmina y desde dónde se proyecta triunfalmente para siempre para todos los que transitan la vida SIGUIENDOLO "tomando la Cruz".
El camino de la Cruz, inevitablemente, es doloroso. Pero la Cruz, no termina en la destrucción sino en el novedoso prodigio de Dios que de la muerte hace surgir la Nueva Vida, el Nuevo Hombre, la Nueva Creación. Esta Novedad en la Historia es la que nos presenta la Liturgia de la Palabra.
Primero nos presenta una situación del pueblo judío y luego nos muestra a Jesús.

El presente es sombrío, árido, fatigoso. El destino glorioso y ansiado ("La Tierra Prometida") está en un futuro incierto. Sólo se vive el "hoy" en el que todo es desolador. La queja hace que el prodigioso alimento que ayer fue recibido con alegría y gratitud se haya convertido en nauseabundo y de la queja se pasa a la murmuración. Tanto la promesa hecha por Dios como los prodigios recientes de Dios y el alimento que los estaba acompañando incesantemente son cosas que el pueblo ni valora, ni acepta. El "hoy" es visto sólo como pesado y agobiante y el esfuerzo del camino se convierte en destructor de la incipiente unidad de ese pueblo en marcha hacia la libertad. Y el futuro desaparece de la conciencia de esos hombres. No le creen a Dios, le reprochan su situación y se rebelan con El y entonces aparecen las serpientes que concretan, dramáticamente, un proceso de destrucción que comienza a desvastar la comunidad.
Solo entonces el pueblo toma conciencia de su pecado y sus consecuencias. Se vuelven hacia Dios quien una vez más fiel a sus promesas, les brinda una nueva muestra de su voluntad salvadora. Una serpiente de bronce es propuesta como signo de salvación: mirarla basta para superar la muerte.
El texto sagrado subraya lo personal de esta salvación: cada uno de los mordidos es salvado cuando mira la serpiente de bronce.
Este hecho es tomado por Jesús como punto de referencia para explicar a Nicodemo la tarea que el Padre le encomendó. Destaca que será "elevado" como la serpiente. No habla ya de mirarlo sino de creer en El. Y el resultado será la salvación.
La historia total de Jesús es la expresión del amor del Padre. Entrega totalmente al Hijo porque ama al mundo. El Padre se despoja del Hijo. El Hijo se despoja de su condición divina y toma la de esclavo, "siendo uno de tantos". Todo el proceso de salvación se efectúa en una entrega-despojo de Dios porque busca salvar al hombre.

En este abajamiento total el Hijo llega a la muerte "como un hombre cualquiera". Estas palabras, sintéticas, frías, aunque son exactas no reflejan la intensidad de lo que fue la vida de Jesús que experimentó en lo que vivió toda la gama de los sentimientos humanos. Sólo quien en silencio se deja guiar por el Espíritu puede llegar a vislumbrar la vivencia dramática de su corazón. "Creer en El" es comenzar a tener sus sentimientos y despertar para calibrar, de a poco, la profundidad del Amor del Padre y del Hijo.
El abajamiento del Hijo hasta lo más tenebroso de la condición humana, la muerte, es sólo parte de su recorrido. Así se está realizando ya la "exaltación", la "elevación" hacia el Poder Total -que supera cualquier otra potencia- que salva realmente al hombre, a cada uno que cree.
Así se vuelve a subrayar, con una dimensión totalmente novedosa, el carácter personal de la salvación. La fe de cada uno en Jesús, respuesta a la iniciativa de Dios por El ("me amó y se entregó por mí"), es lo que permite cerrar el trayecto de la salvación. Es verdad que la salvación siempre tiene una dimensión y un marco comunitario. Pero primordial e indispensablemente es personal: es el abrazo de la Persona de Jesús con la persona del creyente. Y así, Jesús "creído" por el creyente, lo rescata de cualquier otro poder creado, pues Jesús es constituido único "Señor para la gloria del Padre Dios".
En toda la historia de Jesús, "abajamiento-exaltación", está presente su Madre. Ella, en la Fe, reproduce junto a su Hijo el mismo trayecto y, porque es esclava, Dios a Ella -con Jesús- la eleva hasta hacerla "Señora", nuestra Señora. El camino cristiano tiene desde entonces su fuerte acento mariano. La Cruz exaltada está empapada del cariño, la fortaleza y la fidelidad maternal de María. Dios quiere que lo salvación tenga también el acento femenino que la transmite por María.
5.1 - Nuestra cultura, masificante en muchos aspectos, deteriora en la práctica el valor de la persona concreta, individual que se torna cada vez más insignificante. Cuando ésta se vuelve incapaz del ritmo globalizante es realmente marginada y hasta destruida. El camino de Cristo -y debe serlo el del cristiano- es al revés. Su criterio primordial como lúcidamente lo señala el Cardenal Martini, es la "Pastoral del Uno". "Una" oveja perdida, "una" moneda. Dialoga con "uno": Nicodemo. Con "una": la Samaritana. En la Cruz presta atención y salva al primero que es "uno": el buen Ladrón. Siempre el cristiano es individualizado: desde el Bautismo ("yo te bautizo") hasta su definitiva salvación ("entra en el gozo de tu Señor"). Es esencial en toda pastoral y evangelización la atención a lo concreto e individual de cada sujeto. Jesús hace (e indica hacer al creyente en El) que cada hombre sea salvado de la masificación que lo margina y destruye. ¿Cuál es pues nuestra propuesta pastoral ante la avasalladora globalización?
5.2 - Pero el hombre no es sólo individual. Por su misma naturaleza es comunitario. Jesús nos hace su Cuerpo. Todo Sacramento -invisible e innegable presencia activa de Jesús- es comunitario: se da en la Iglesia e introduce a Ella. Nos proyecta desde la individualidad hacia la comunidad. La unidad -comunión eclesial- es la intención de Jesús cuando le habla al Padre ("que sean uno como Tu y Yo somos uno") y es la orden de Jesús a sus Apóstoles, a nosotros todos ("aménse como Yo los amé"). ¿Cuál es pues nuestra propuesta ante el doloroso y escandaloso espectáculo de la desunión de los cristianos? Esa desunión tiene macrodimensiones: las iglesias cristianas. Pero también tiene dimensiones domésticas: en la familia, en la comunidad, la parroquia, en la Diócesis, en el interior de cada relación interpersonal. Sólo por la Cruz (Jesús ora y reúne) tenemos la ruta de la Comunión: tomándola como contenido de la oración y como tarea indispensable.
5.3 - La Iglesia no es fin en sí. Cristo vino a dar la vida por el mundo. Dios ama al mundo: no porque es bueno sino para que lo sea, para que se salve.
El creyente está llamado a tener los ojos de Dios sobre el mundo. En todo lo negativo que tiene Dios siempre lo mira como su obra a la que quiere salvar. Por eso se abaja, se entrega, "para la vida del mundo". Y el creyente, con una mirada lúcida que le impide mimetizarse con él, está llamado a entregarse "cargando la Cruz" para que se salve, para darle el verdadero sentido que está esperando porque se alejó de Dios, prescindió de El. ¿Cómo concretar esta lucidez y ésta entrega efectiva?

Estas y otras preguntas conexas son las que tienen que inquietar nuestra conciencia. Las respuestas, tanto personales como comunitarias, las iremos alcanzando cuando dejemos que el Espíritu nos "lleve al conocimiento pleno de la verdad" y cuando la Palabra y el Sacramento de Jesús "caliente nuestro corazón" como a los Discípulos de Emaús.
La Virgen, venerada aquí por los Argentinos en Luján, como Madre del Pueblo, nos acompañe como modelo de Discípulo y como intercesora ante su Hijo. Nos acompaña para tomar con Jesús la Cruz que siempre y nos eleva desde lo tenebroso hacia la Luz, desde la muerte hacia la Vida, desde el pecado hasta la Gracia.

II ASAMBLEA ORDINARIA - Buenos Aires, 11-14 settembre 1997
Cristo Salvador ayer, hoy y siempre
EN DIALOGO CON DIOS, EN LA IGLESIA, CON EL MUNDO Y CON LAS CULTURAS