Misioneros de la Vida
Luis Armando COLLAZUOL
Obispo de Concordia- Asesor General de la Acción Católica Argentina

Oración de la mañana (Lunes 28 de abril de 2008)

Act 2,22-24

Las manifestaciones de Jesús Resucitado y sus palabras son portadoras de gozo y paz, son un mensaje de Vida. Dice a las mujeres junto al sepulcro: “No temáis” (Mt 28,10). Saluda a los apóstoles: “La paz con vosotros”.... Los discípulos se alegraron de ver al Señor. (Jn 20,19-20). Y cuando acompaña y habla a los discípulos que, tristes y desconcertados por la muerte del Maestro, vuelven a lo suyo, éstos se dicen uno a otro “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32).

Esta experiencia de gozo, de paz y de Vida es la que luego transmiten incasablemente los apóstoles, en cumplimiento de la misión encomendada por Jesús, “en Jerusalén... y hasta los confines de la tierra” (Act 1,8).
El discurso de Pedro en Pentecostés, que es el primer mensaje de la Iglesia a los judíos, a los prosélitos y a los pueblos, tiene como tema principal el fragmento que hoy hemos escuchado: la Muerte, la Resurrección y la Glorificación de Cristo, anunciadas y preparadas por las profecías del Antiguo Testamento.
Los demás discursos de Pedro y los Apóstoles en su predicación testimonial, ante los perseguidores, y misionera, ante judíos y paganos, están centrados en este anuncio fundamental, el “kerygma”, que resume el plan salvífico de Dios. La proclamación de la Pascua de Jesús incluye un llamado a la conversión y al bautismo para obtener el perdón de los pecados y el don del Espíritu Santo, en espera de la Manifestación gloriosa del Señor.
Así, la primera proclamación a los pueblos de la Iglesia naciente en Pentecostés es el anuncio de Cristo Resucitado, el que vive para dar Vida. Por esta Buena Nueva también nosotros hemos conocido a Jesucristo en la fe; este es nuestro gozo.
El documento conclusivo de la 5a. Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en Aparecida, hace una imperiosa invitación a ser misioneros del gozo y de la Vida. Es un mensaje a la Iglesia de América, pero contiene un valor universal:
“La alegría que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las adversidades; deseamos que la alegría de la buena noticia del Reino de Dios, de Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al borde del camino, pidiendo limosna y compasión (cf. Lc 10, 29-37; 18, 25-43). La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (DA 29).

Nuestros ojos se iluminan con la luz de Jesucristo Resucitado, y por la gracia del Espíritu Santo lo seguimos como discípulos. Pero al llamarnos y elegirnos, el Señor nos ha confiado también el encargo de transmitir, como misioneros, este tesoro a los demás. No queremos ser evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos.
Aquí, como en Pentecostés, nos hemos reunido de distintas lenguas y naciones. El Espíritu Santo nos hace hoy discípulos y misioneros. La fe en nuestro propio destino y la fuerza del Espíritu deben empeñarnos en la evangelización y la transformación del mundo hasta sus confines, no sólo geográficos sino también culturales y religiosos, para que a todos alcance el Señorío salvífico de Aquél que por su resurrección es “la plenitud del que lo llena todo en todo” (Ef 1,23).
El individualismo, el sectarismo, la injusticia, la exclusión, la ruptura del vínculo social, la desesperanza, la violencia... que caracterizan muchas situaciones humanas actuales, son signos de muerte, de que no se ha recibido suficientemente el Evangelio, no se lo vive, no se ha encontrado en Cristo la Vida en plenitud.
Queremos ser gozosos misioneros de la Vida para un mundo que sufre, aunque quiera olvidarlo en evasiones superficiales. No nos detenemos a llorar la muerte ni sólo lamentar sus manifestaciones.
Ser misioneros de la Vida requiere escrutar atentamente los signos de esperanza presentes en el corazón de los hombres y en las culturas nuestros pueblos, signos a menudo ambivalentes o débiles, para que, animados por el Espíritu, podamos ofrecer una esperanza que sea colmada en el encuentro con Jesús.

Nos animará en el gozo evangelizador ver que en la Iglesia hay muchas señales de esperanza. Son los signos de Vida que percibimos hoy, entre otros, en tantos cristianos que procuran una escucha más atenta de la voz del Espíritu Santo, especialmente por la lectura meditada, contemplada, orada y vivida de la Palabra que nos hace discípulos; la aceptación de los carismas; la promoción de los laicos; una conciencia misionera que atañe a todos; el generoso servicio de tantos hacia la infinidad de sufrientes; un más hondo compromiso en favor de la unidad de los cristianos y un mayor reconocimiento de la importancia del diálogo con otras religiones y con la cultura contemporánea.
Por la cercanía cordial a todos, por el testimonio de una caridad ardiente y universal sobre todo a los más débiles, los pobres y los excluidos, por el anuncio sin fronteras de la Palabra, por el diálogo desde nuestra identidad cristiana, por la fermentación cristiana de los ambientes, por la predicación y la celebración de los sacramentos, cuyo centro y cumbre es la Sagrada Eucaristía, nuestra actividad misionera de Acción Católica hace presente a Cristo, Camino, Verdad y Vida. Renovemos nuestro compromiso apostólico.
La Acción Católica, al dirigir sus pasos misioneros hacia los pueblos, vuelve su mirada hacia María, cuya profunda escucha del Espíritu Santo como discípula, abrió como misionera el mundo al gran acontecimiento de la Encarnación del Señor de la Vida, fuente de toda nuestra esperanza.

V ASAMBLEA ORDINARIA - Roma, 27 de abril – 4 de mayo de 2008
POR LA VIDA DEL MUNDO (Jn 6,51)
Laicos de Acción Católica a 20 años de la Christifideles Laici