Comentario a las Laudes
| La lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, que acabamos de proclamar, pertenece al discurso que Pablo dirige a los judíos en la sinagoga de Antioquía de Pisidia. El centro de este discurso está en el hecho de que Dios ha cumplido su promesa resucitando a Jesús de entre los muertos. A pesar de que los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no entendieron las palabras de la Escritura, Pablo quiere dejar claro que con la resurrección de Jesucristo comienza un tiempo nuevo. Las apariciones del Señor a quienes lo habían acompañado de Galilea a Jerusalén ratifican la nueva presencia del Resucitado en medio de los suyos, manifiestan que Dios no abandona nunca a sus hijos y son una invitación a dar testimonio porque se han cumplido las promesas de Dios. La exhortación que Pablo hace a sus oyentes para que entiendan y acepten las enseñanzas divinas es una invitación también para cada uno de nosotros. Si hemos participado de la muerte y resurrección de Jesucristo en virtud del sacramento del bautismo, debemos considerarnos muertos al pecado y vivos para Dios. Debemos vivir como hombres y mujeres nuevos, renovados por la gracia divina. Los que nos hemos encontrado con el Señor resucitado y participamos de su vida, debemos permanecer en actitud de permanente conversión, desterrando de nosotros el pecado, viviendo la Alianza y experimentando constantemente en nuestros corazones la alegría y la paz de Dios. Pero no podemos contentarnos con vivir la fe en el Resucitado de forma individual, pensando únicamente en nosotros o en los de nuestro grupo. El Señor nos llama y envía, como a Pablo, para ser testigos de su resurrección hasta los confines de la tierra. Este es el gran reto de la Iglesia y de la Acción Católica: dar testimonio de la resurrección de Jesucristo a los de dentro y a los de fuera, a los judíos y a los gentiles, a los justos y a los pecadores. Debemos asumir con gozo este reto porque todos los seres humanos tienen derecho a experimentar la paternidad de Dios y a descubrir su amor incondicional. Aunque no lo manifiesten expresamente, todos los hombres esperan encontrar respuestas definitivas y convincentes, que den plenitud de sentido a sus interrogantes más profundos y todos necesitan razones para creer y esperar. En ocasiones, muchos rechazarán nuestro discurso y nuestro testimonio sobre la resurrección de Jesucristo. Han fabricado ídolos a su medida o viven como si Dios realmente no existiese. Esto debe preocuparnos, pero no debe angustiarnos ni quitarnos la paz, pues ya le sucedió a Pablo cuando predicaba a los judíos. Es más, le sucedió al mismo Jesús cuando anunciaba a la muchedumbre que le seguía la necesidad de alimentarse del pan de vida. Muchos, como nos dice el evangelio, le dejaron porque aquel lenguaje era duro. Los cristianos debemos sembrar siempre con esperanza y paciencia, sabiendo que el Señor hará que la semilla dé fruto abundante cuando Él quiera y como Él quiera. Con el salmista, confesemos a Dios como nuestro protector y pidámosle que envíe sobre nosotros su luz y su verdad para que ellas nos guíen y nos conduzcan hasta el monte santo, hasta su morada. Él siempre está dispuesto a curar nuestras enfermedades y cansancios, y nos hace revivir cuando nos faltan las fuerzas. V ASAMBLEA ORDINARIA - Roma, 27 de abril – 4 de mayo de 2008 POR LA VIDA DEL MUNDO (Jn 6,51) Laicos de Acción Católica a 20 años de la Christifideles Laici |



