| (Is. 53, 6-12)
El profeta Isaías nos presenta al siervo de Yhavé, desfigurado, despreciado, sin apariencia humana y triturado por los pecados de los hombres. Contado entre los malhechores, cargará sobre sus espaldas las iniquidades de todos e intercederá por los pecadores. La realidad del siervo descrita por Isaías se cumple a la perfección en la persona de Jesús. El mismo anunciará a lo largo de su vida que el Hijo del Hombre tiene que subir a Jerusalén, padecer mucho y resucitar al tercer día para que se cumplan las Escrituras. Sin haber cometido pecado, se acerca a los pecadores, se solidariza con ellos, les invita la conversión, se sienta a su mesa y les muestra la misericordia y el perdón del Padre. Les dirá: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los pecadores”. Al final de sus días, cargará con los pecados de todos, asumiendo libremente la cruz y manifestando así que no hay mayor amor que aquel que lleva a dar la vida por aquellos a los que ama.
Resucitado de entre los muertos, Cristo vive para siempre junto al Padre y acompaña al mismo tiempo nuestra peregrinación por este mundo, ofreciéndonos por medio de su Iglesia la salvación. El, como un mendigo, continúa llamando a la puerta de cada corazón, desea entrar en lo más íntimo de nuestra existencia para acompañarnos en los momentos de dolor y de alegría y para mostrarnos el camino que conduce a la vida eterna. Aunque son muchos los hombres y mujeres, que abren la puerta de su mente y de su corazón para dejar entrar al Señor y para celebrar la fiesta del encuentro, sin embargo otros muchos hermanos, prefieren vivir aferrados a sus ideas, a sus criterios, a su comodidad y a sus proyectos. El hombre de hoy no tiene tiempo para Dios y vive como si El no existiese. Como los judíos y los romanos contemporáneos del Señor, muchos cristianos se escandalizan de la cruz, huyen del sufrimiento y no entienden que la victoria, el triunfo y la felicidad tengan que pasar por asumir la cruz, negándose a sí mismos. El hombre de hoy es incapaz de aceptar que solamente muriendo a sí mismo, puede alcanzar la vida en plenitud.
Esta incapacidad del hombre actual para abrirse a la trascendencia y para acoger la salvación de Dios hace muy difícil la evangelización. Cada día experimentamos esta dificultad con mayor crudeza en el cumplimiento de nuestra misión. Y, sin embargo, sabemos por la fe que el Señor nos pide que proclamemos, con ocasión y sin ella, el infinito amor del Padre, que no se reserva a su Hijo único, sino que lo entrega para que todos, mediante su entrega en la cruz, alcancemos la salvación eterna. De este modo la cruz, instrumento de castigo y de humillación, se convierte en árbol de vida y de salvación como consecuencia de la libertad, del amor y del cumplimiento de la voluntad del Padre, con las que Cristo afrontó su propia muerte.
Pero estás dificultades para el anuncio de la Buena Noticia no deben asustarnos. Son una parte de nuestra cruz. El mismo Señor tuvo que afrontarlas durante los años de su vida pública, al comprobar que muchos daban más importancia a sus negocios y al cumplimiento de la ley, que a la llegada del Reino de Dios y a la oferta de salvación que Él iba a concretar en su persona. Estas dificultades, motivadas por la falta de generosidad de los evangelizados debemos tenerlas en consideración, pero siempre, lo más importante es que nos miremos a nosotros mismos, desde la luz de Dios y de su Palabra, para descubrir si realmente estamos plenamente convertidos al Señor, si estamos dispuestos a morir a nosotros mismos y a nuestros pecados, acogiendo cada día la cruz de Cristo. Solo así podremos participar del gozo y del triunfo de su resurrección.
El Papa Juan Pablo II, ante las dificultades del momento presente para el anuncio de la Buena Noticia, invitaba a toda la Iglesia a emprender una nueva evangelización, nueva por sus métodos, por sus expresiones y por su ardor. No podremos evangelizar, si no dejamos que el Señor nos transforme interiormente, si no permitimos que el Espíritu Santo renueve nuestro ardor misionero, si no tomamos sobre nosotros las pequeñas cruces personales y las grandes cruces de nuestros hermanos en comunión con Cristo. Pidamos a la Santísima Virgen que nos ayude a estar con Ella, junto a la cruz de su Hijo, contemplando su rostro doliente. De este modo estaremos en condiciones de contemplar también su rostro glorioso y resucitado.
IV Encuentro Continental Europa-Mediterraneo - Madrid, 1-4 de marzo de 2007
DÓNDE VA EUROPA? Los cristianos Valores y esperanza de futuro
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